
Coatlicue la diosa de la falda de serpientes.
El Museo Nacional de Antropología.
1968 Tlaloc: México.
P. 92
Doña Coatlicue es la diosa de la falda de serpientes. Y es cierto, si vamos al Museo Nacional de Antropología, en Chapultepec, podemos visitarla en la Sala Mexica.
Es un monolito enorme, tallado con gran esmero, su cabeza la forman dos serpientes de perfil encontradas, con ojos vivos, colmillos, grecas; sus manos parecen dos garras, encogidas al lado de cada hombro. Muy elegante, lleva la doña Coatlicue un collar de manos y corazones, que le cubren los pechos, collar rematado en la cintura, por una calavera con ojos abiertos, llenos, como con vida. Vida y muerte van juntas, dos principios, una dualidad: dos aspectos presentes en esta cultura. La calavera sirve al mismo tiempo como broche del cinturón, formado por otras dos víboras, cuyas colas y crótalos cuelgan al frente; la falda está figurada por víboras más flacas y bajo la falda están sus piernas, adornadas de grecas y cascabeles, sus pies son dos enormes garras ¿de águila? con cuatro ojos celestes, y en medio, otro elemento que parece, igual que las garras de los pies, aferrarse a la tierra. Les cuento, que doña Coatlicue, esconde bajo esas garras, aunque nadie lo vea, un relieve de Tlaltecuhtli, el dios de la tierra, el agua, y el mundo de los muertos. ¡Nada falta!
Esta peculiar escultura, de frente, se ve asentada sobre el piso. Si la observamos de perfil, está inclinada, ¿en actitud de elevarse? Doña Coatlicue, impresiona de golpe, merece conocerla y entenderla, es una magnífica expresión artística, aunque muy diferente. Integra todas las ideas religiosas y filosóficas de los Mexicas. Es la Diosa Madre, la Tierra que da la vida y la devora, el principio y el fin, en donde todo nace y muere, porque ella transforma, mantiene los ciclos vitales.
Contaron los Mexicas, sus creadores, que esta diosa habitaba en el Cerro Coatepec, Cerro de Serpientes. Como buena señora, le gustaba tener orden, todo muy bien arregladito y limpio. Un día de tantos, andaba haciendo su quehacer, barre que te barre con su escoba. De repente, vio tirado por ahí un copito de algodón, muy lindo, muy bien hechecito. Le gustó tanto a doña Coatlicue, que se lo guardó en su huipil, junto al seno. Acabó de barrer, sacudió, acomodó y tomó un respiro.
Pero ¿qué creen? pasado un tiempo, se dio cuenta de que estaba embarazada, porque la panza le crecía y le crecía a la doña Coatlicue. Ella, ya era la madre de muchísimos hijos, tantos, que les decían los innumerables, o los 400 Huitznáhua. Y ese montonal, encabezados por la hija mayor, que se llamaba Coyolxauhqui, decidieron reclamarle aquel embarazo.
Cuando se apersonaron la hermana y los renegones, enojadísimos, a gritos y amenazas, haciendo terrible escándalo, en vez de la puerta, se abrió la panza de doña Coatlicue, y ¡justo en ese momento, parió al dios Huitzilopochtli! El dios solar de la guerra.
Se imaginarán que nació hecho una furia, iracundo contra sus revoltosos hermanos; nació vestido de guerrero y armado con la Xihuacóatl, nada menos que la serpiente de fuego. Como Huitzilopochtli es el meritito dios del sol y la guerra, lo primero que hizo fue pescar por los pelos a la mitotera de su hermana, la degolló de un tajo, y la aventó al firmamento. Por allá fue a dar la cabeza de Coyolxauqui, convirtiéndose en esa luna, pálida, sin chapas, que vemos a veces. A los Huitznáhuac, el titipuchal de hermanos metiches, el Huitzilopochtli los arrojó al infinito, y se volvieron esas estrellas que nos parpadean por las noches.
Así se explicaban los Mexicas, la creación del universo en el que nosotros vivimos, trataban de entender los cambios cíclicos del sol a la luna, del día a la noche, del nacimiento a la muerte. Coatlicue es por eso, que en vez de una cabeza tiene dos serpientes de perfil, que simbolizan dualidad. Las manos abiertas, los corazones, y la calavera con ojos vivos son la vida y la muerte. Los senos flácidos, de Coatlicue, señalan que es la madre/tierra, los humanos se han nutrido de ella, y la muerte por el sacrificio, es la ofrenda para que los dioses conserven el cosmos en movimiento, en eterna transformación.
Lo que han leído hasta ahora, pertenece al mito, son relatos que nos enseñan la manera, en que nuestros antepasados imaginaron la creación. Así explicaban a sus pueblos, que pertenecemos a un universo en perpetuo cambio. Cada ser viviente comparte la responsabilidad de cuidarlo y conservarlo.
Los Mexicas, habitaron durante los Siglos XV y XVI, la zona lacustre del altiplano, en la cuenca del Anáhuac, donde fundaron la hermosa ciudad de México-Tenochtitlan con amplias calzadas, canales para desplazarse en canoas, pirámides, edificios, casas, chinampas con árboles, verduras, frutas, flores, flotando en el agua cristalina y su incesante murmullo.
El sonido de caracolas y tambores señalaba las actividades de los habitantes. El Tlatoani con los integrantes de su gobierno dirigían, resolvían, ordenaban e impartían justicia. Había sabios y estudiosos. Ningún menor se quedaba sin escuela, y los tianguis o mercados ofrecían cualquier cantidad de productos. Los sacrificios humanos, tal vez, ocasionaban temor, quizás al mismo tiempo, tranquilidad.
María Teresa Bermúdez
Verano del 2025