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Relatos

MEMORIAS QUE ATENAZAN

By 2 octubre, 2025No Comments

Al sentir jalones en el piso, cuando nuestro mundo empezó a moverse sin ton ni son, Reina y yo que preparábamos el desayuno nos miramos desconcertadas. La escalera no me dejaba subir, los escalones bailaban, los posters de las paredes parecían amenazas voladoras; bajar también se dificultaba, el movimiento era vertiginoso, absolutamente todo bailoteaba a un ritmo desconocido, aterrador. El desayuno listo no era apetecible. Tuve que salir a una cita, al llegar al hospital donde acompañé a una persona, todo era confuso. Nadie sabía bien a bien de qué magnitud había sido el temblor, ni qué estaba pasando. Algunos comentaban sobre edificios caídos, caos en la ciudad.

Regresé como vólido a ver a los hijos y al marido. En la zona sur no había nada fuera de lo común, pero un aire enrarecido, cargadito de malos presagios nos agobiaba, me acordé del miedo en el 68. Las calles, las escuelas, vacías, nuestra casa y las de la familia, asustadas y temblonas como nosotros, seguían sosteniendo techos y muros, no teníamos mayor problema, pero las funestas noticias se colaban por doquier y nos fuimos percatando del tamaño de nuestra desgracia: la ciudad estaba envuelta en polvareda, por los edificios enteritos que se derrumbaron, había gente atrapada entre escombros, incendios, olor a gas, electricidad y teléfonos no servían; el miedo apretaba, se pedía atención médica, primeros auxilios, comida, todo hacía falta.

Cada quien buscaba la manera de ayudar haciendo cuanto podía. A la nochecita del 20, una réplica acabó de colapsar los menguados ánimos que intentábamos presumir. En casa, además de los abuelos, Juan Pablo, el Pilo chiquitín, y vecinos, que distraíamos a la cumpleañera Ximena y sus cinco amigas, pensábamos en el resto de la familia, que andaba echando una mano donde hacía falta. El temor nos apergollaba.

Me llamó Madame Paul, una monja que conocí desde el kínder; con Tere y Margarita, otras dos religiosas que trabajaban en las ladrilleras de Santa Úrsula, recibieron aviso de unas costureras atrapadas en San Antonio Abad 150. Asalariadas, desconocidas, iniciaban la jornada, o llegaban a su sitio de trabajo, justo cuando la tierra decidió sacudirse. Nadie se ocupaba de ellas.

Paul, Tere y Margarita, las tres mujeres, consiguieron atraer a las cuadrillas de rescatistas, la maquinaria, a cuál más de impotentes ante esa tragedia que sobrepasaba la medida de lo humano. Las familias de las costureras estaban a la expectativa en su espantosa desolación, no sabían a quien acudir, ni qué hacer, aparte de trepar con cubetas sobre los fierros retorcidos y el cemento, del mal hecho edificio, que albergaba entre 100 y 110 obreras, dedicadas a la costura; el edificio soportaba además el peso de las máquinas y muchos rollos de telas, almacenados en la azotea. Ganar billete es lo que cuenta.

Entre los desechos, voces, ambulancias, se escuchaban lamentos, pedían auxilio; algunas que no habían entrado al edificio y lo conocían por dentro, decían que cerca de los baños podría haber algunas que estuvieran vivas; otros también insistían sobre ello. Las tres mujeres deciden quedarse en San Antonio Abad, con algunos familiares que montan guardias continuas. La noche agranda la aflicción, un silencio espeso da permiso de escuchar las súplicas de las sobrevivientes, atrapadas entre varillas, cemento, cables, muebles, cascajo de 11 pisos apelmazados.

Antes del terremoto, las máquinas de costura estaban acomodadas de tal modo, que entre ellas no podían comunicarse. Era un espacio para desempeñar su oficio, no un sitio de recreo. Transcurren sus horas entre el trepidar de los aparatos que manejan, y el ruido ensordecedor del tráfico continuo en la Calzada de Tlalpan. Se sientan ante la máquina a la 7 de la mañana, después de recorrer trayectos de una hora, quizás más, en diferentes medios de transporte. De carrerita, entre prisas, empujones, piropeadas a lo feo, se alimentan con algo que las sostenga, las aguarda una exhaustiva jornada.

A medio día disponen de una hora para comer. Las escaleras les ofrecen un sitio para prender sus lámparas de alcohol, y medio calentar la comida preparada de antemano en sus casas; mal sentadas, en cuclillas, como les toca, disfrutan un poco de chismorreo, algo se mueven y desentumen, se ríen, bromean, aunque la vida no sea de enhebrar y cantar. Tras la pausa, se integran nuevamente a las máquinas. A las cinco acaban su tarea, tal vez encuentren asiento en el camión o el metro, para descansar las piernas, chance y hasta un coyotito pueden cabecear, antes de la iniciar la jornada casera sin sueldo alguno, ni horario estipulado, con niños que reclaman su atención, maridos a veces poco indulgentes, parentela, en fin.

Su salario básico de 8,500 pesos semanales, de aquellos años, jamás ajusta para cubrir las necesidades de una familia, son insuficientes, cuando un kilo de carne vale 1500. Este raquítico salario trae aparejadas deudas, préstamos con altos intereses o peores exigencias. Por suerte, la sociedad consumista es muy voraz, durante cinco meses al año se incrementa la producción. Las horas extra, les ayudan a saldar las deudas. ¡Claro! esto sin tomar en cuenta, un caso de enfermedad, accidente, o embarazo. En esta fábrica, sólo el 50% de las mujeres tenía Seguro Social. Sus contratos son válidos por un mes, nomás cuando el patrón tiene absoluta certeza de su eficiencia, existe la gracia de prorrogarlo por otro más.

Entre muerte y escombros sigue la vida. Las Tres mujeres, con apoyo de los familiares, abrieron un espacio humanitario, de reunión, convivencia; hay calor y consuelo para los deudos y algunos más, como Ricardo, un muchacho de Chiapas, que no sabe en qué fecha nació, es huérfano, tiene huellas de golpes recientes, se arrimó dónde pudo en medio de tantísima desolación. A partir del 27 de septiembre, diario se ofrece comida y cena caliente a los que allí se encuentran. Los ingenieros y sus cuadrillas se entregan sin descanso a la terrible y penosa labor de demoler; remueven los escombros del edificio convertido en sepultura colectiva. Se mantienen en contacto con las tres mujeres, y cuando el aire se impregna de una fetidez insoportable, es señal del rescate de otro cadáver. Ellas de inmediato están con las familias.

Los médicos, sin parar, día y noche, cumplen su cometido, las tres mujeres, consiguen guantes quirúrgicos, bolsas para cadáveres o lo que les haga falta. Unos operarios de Teléfonos de México, les conectan un aparato para servicio del campamento. Compañeras de otras fábricas, que no habían sufrido pérdidas y seguían trabajando, les regalaron una despensa a cada familia y 500 pesos, que les ajustaban quizás, para tomar un taxi.

Patricia Gallegos pide a gritos ayuda de su padre; mientras los rescatistas intentan sacarla, un fuerte sacudimiento vuelve a hundir el cuarto piso donde estaba. Sus hijos, Cristina de 6 y Carlos de 5, juguetean en el campamento, recorren con ojos vivaces el desastre, sin saber exactamente lo que ocurre, por suerte tienen abuelos que los cuidan. Patricia murió de asfixia, prensada entre cascajo y varios cadáveres de sus compañeras de labor, en un inmueble, convertido en fosa común de costureras, deshilachadas por la angustia, el dolor, infinita tristeza.

Día y noche, a cualquier hora, en cuanto se vislumbra la posibilidad de rescatar otro cadáver, las tres mujeres están allí para sostener y dar consuelo a los necesitados. Los médicos procuran describir las caras, pero los rasgos se desfiguran por el sufrimiento y la desesperación; el rostro de una jovencita de 19 años, aparentaba tener más de 40, así que se desiste de la descripción; los objetos personales, una medalla, un anillo, la falta de un diente, son los escasos auxiliares.

La certeza rotunda de la muerte aniquila el último rastro de esperanza. Las escenas sobrecogedoras se suceden hasta alcanzar el clímax, en el momento en que la familia debe enfrentar el reconocimiento del cuerpo. Las tres mujeres con gran amor y solicitud, atienden el lastimoso proceso que devasta a los deudos. Ellas tres se desplazaban en una Caribe blanca. Cuando de trasladar ataúdes se trata, lo ponen a lo largo. Tere maneja, Paul organiza, y Margarita, se acomoda en el féretro, para seguir camino al campamento

Los primeros despojos se depositaban en cajas desvencijadas. La solidaridad, las familias, y las tres mujeres levantan un velatorio digno bajo la tienda de campaña. Rescatan algunas mesas para depositar encima los ataúdes, no las cajas mal hechas que amenazaban dejar al descubierto la intimidad final. Consiguen, incluso, una agencia de inhumaciones que ofrece transporte, personal respetuoso, considerado con los parientes; los trasladan con las víctimas hasta Los Reyes, Ecatepec, y otras poblaciones, para efectuar el entierro.

Un octubre enlutado es testigo de la toma de conciencia y el 22 se inaugura la Cooperativa. Las costureras empiezan a organizarse. El 2 de noviembre, es el entierro de los cuatro últimos cadáveres, del edificio de San Antonio Abad 150. El campamento se viste de color con flores y ofrendas, la tradición y la liturgia son un lenitivo, el rito proporciona certezas de vida eterna, y la solidaridad se consolida.

La entereza, la generosidad de nuestra gente se expresa en muchos y diferentes niveles. A contados días de la tragedia, abrir la puerta de casa se convirtió en portento. Vicenta, la mamá de Reina, cargando un bebé en su rebozo, una bolsa llenita de verdura en una mano, y un pollo fresco en la otra, perlada de sudor, llegó una mañana temprano desde Ixtlahuaca, para abrazar a la hija y procurar que nada nos faltara.

La etapa más ardua y desgarradora iba escurriéndose lento, pero la catástrofe seguía presente. Las tres mujeres, con mayor conocimiento de los deudos y sus necesidades, conviven cada quincena, con las familias. Las respalda la Parroquia de San Pedro Mártir y siguen constantes en su jornada. Madame Paul, escribió cartas a diestra y siniestra. En Ginebra, Suiza, Ives de 13 años se organizó con varios compañeros, ofrecieron conciertos en Suiza e Italia, para recabar fondos. La Navidad del 86, a un año de la tragedia, llegó con algunas cartas y una remesa, los hijos de las costureras, …Los hijos que todos heredamos… decía Paul, estrenaron zapatos y útiles escolares, las cartas se leyeron, algunos de los chicos respondieron agradecidos.

Crisis posteriores, han empobrecido aún más a quienes tienen poco o carecen de casi todo. Los que vivimos el terremoto del 85, al ver aflorar sin pudor los entresijos de la miseria, ya no volvimos a ser los mismos. Cuarenta años después, algo se ha aprendido en materia de protección civil. El conformismo es invasivo, el dolor encallece, el hambre se calma con la comida chatarra y los refrescos embotellados, pero el apetito, la sed de conocimiento, quizás sustituya lo que carcome las entrañas y el cerebro. La Muy Noble y muy Leal Ciudad de México, la región más transparente del aire, la Capirucha, ese lugar entrañable para quienes allí nacimos, crece víctima de la explotación. Una zona lacustre, perdida, soporta como muestra de la arrogancia humana, cientos de edificios, obras de sublime ingeniería que la dañan; día a día es más sensible el peligro que la ambición ensombrece.

María Teresa Bermúdez

Septiembre de 2025