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Relatos

EMPACHOS DE LA MEMORIA

By 4 noviembre, 2025No Comments

¿Cómo olvidar aquel miedo? Era de tardecita, cuando el Periférico se volvió una cola interminable de tanques de guerra, ese Periférico, que apenas llegaba hasta San Jerónimo Lídice. El coche, lleno de niños azorados con el espectáculo, la Tía Pina y yo los distraíamos, mientras un motociclista nos hizo salir en la Unidad Independencia. Vivíamos en el Pedregal, un Pedregal lleno de víboras y tarántulas, dónde pocas familias con montón de hijos, disfrutábamos la cercanía de Ciudad Universitaria y la novedad del Colegio Francés de San Cosme, ubicado aún hoy, en las calles de Colegio, Pedernal y Agua.

Ya andábamos con mieditis por los pleitos de una Prepa y una Vocacional, los granaderos aporreaban durísimo, las asambleas en las facultades de la UNAM informaban con detalle, la inconformidad se permeaba en muchos sitios, mientras los gobernantes desde su impenetrable burbuja, señalaban a los comunistas, convertidos en el petate del muerto. El ambiente era de recelo, había por todos lados corretizas a estudiantes, la gente en los transportes, en los mercados, incluso los padres, aunque algo recelosos o precavidos, simpatizaban con el Movimiento.

La educación, las buenas maneras, se resquebrajaban desde años atrás, ocurría simultáneamente en distintos países. Los jóvenes ya no aceptaban lo que era por su bien, y a la búsqueda de nuevas maneras, se repudió la violencia, él autoritarismo. El atroz negocio de las guerras que nada bueno deja, ni siquiera a quienes las organizan, motivó protestas, se rechazó la represión en cualquiera de sus modalidades, y nos volvimos respondones. En la Complutense, de Madrid, la dictadura de Franco ya desde el 1965, mandaba a los grises, con tanques de agua, y a manguerazos dispersaban a los inconformes. En Paris, en Brasil, en medio mundo, la efervescencia brotaba por todos lados.

México 68, tenía un ojo al gato y otro al garabato, pues en las Olimpiadas había que lucirse con la fiesta, el color, la música, la organización. Nuestros papás, estarían fuera varias semanas, Pina y yo, éramos responsables de mis seis hermanos menores. Por organizar la merienda y el final del día, ni cuenta me di, que Salvador mi hermano y sus cuates, todos alumnos de Derecho, se llevaron el Chevy de mamá.

Y comenzó la desolación… Por allá de las once, ya muy pasadas, apareció Carlos Vallejo, pálido, agotado. Contó que mucha gente observaba en el Puente de C.U. y en un tris los rodeó el ejército. Carlos, sin saber ni cómo, se escabullo entre las piedras, por la callecita donde estacionaron el coche. A los demás, se los habían llevado. ¡Santa Cachucha!  Pasamos la velada en el despacho de mi papá, esperando algún milagro, y ¡ni sus luces!

Muy temprano llamé al tío Paco, y a Doña Cristina Salmorán, muy amiga de mi papá, ministra de la Suprema Corte. Tenía mucha prisa al contestar, pero al rato llegó a la casa:

¡La situación es muy grave, María Teresa! Los teléfonos están interceptados. Bien a bien, ni sabemos lo que está pasando.-

Así se abrió el boquete del inframundo. Así empezó la búsqueda de mi hermano. Amanecía el 19 de septiembre del 1968, presagioso, amenazante, nosotros, con el alma apachurrada y temblando del susto. El tío Paco movía conocencias, se rumoraba sobre el Campo Militar Número Uno. Primos, amigos, conocidos, todos con las antenas puestas para encontrar a Salvador, al Chacho. Las llamadas de larga distancia, nos aturullaban, los papás, preocupados por las noticias en la tele, sobre soldados y gritos, preguntaban qué pasaba, cómo estábamos: …todos estamos bien… y cortábamos la comunicación.

Muchos detalles los tengo perdidos, no olvido ese miedo sordo que te sabe amargo en la lengua, que te hace andar entre neblinas, sin la certeza de estar o no estar. Nunca olvidaré el inmenso Zócalo, vacío. El tío Paco y yo, pasamos ese día en una oficina de Palacio Nacional, inconcebiblemente desierto. Sentados ante un escritorio, esperábamos a alguien, pero no había ni un alma, ni en pena, ni en persona. Yo, bobeaba admirando el patio, las columnas, la fuente con el hermoso Mercurio Alado de bronce. Ya tarde, de pronto se apagó la luz, afuera se oían disparos. Ilusos, nos protegimos al otro lado del escritorio. Sin que se apareciera el alguien, salimos medio tembeleques, con el alma en un hilo y de cuerpo entero. Ni el rezadero de abuelas y tías, surtía efecto. ¡Anda vete, del Chachito y sus cuates!

Peor pendiente nos daba, saber que traía una camarita Minox, si se la cachaban, lo creerían espía, agente, ¡qué se yo! nos ahorcábamos de una pata, sin atinar el remedio. Los rumores crecían, provocando mayores angustias, corrían infundios que paraban los pelos, se hablaba de desaparecidos, qué si los aventaban desde helicópteros a la Laguna de Alchichica, para que fueran a dar hasta el Golfo de México, y otros terrores por el estilo. Todo mundo opinaba y nadie, ninguno, teníamos idea de qué hacer, ni sabíamos por dónde buscar.

Al día siguiente me fui a Lecumberri. Hacía un calorón terrible, el sol picaba y el susto daba escalofríos. Llegar hasta el muro con rejas que rodea el edificio, era indispensable, porque sobre las columnas de piedra, a cada lado de la entrada, alguien, mal pegostiaba con engrudo hecho bolas, largas tiras de papel medio remojado; las columnas son bastante angostas, y para colmo no muy lisas.

En las tiras, estaban escritos a máquina, y a renglón seguido, es decir, apeñuscados, sin ningún orden, los nombres de los que supuestamente estaban encerrados en el Palacio Negro. Era una verdadera hazaña alcanzar a leerlos, distinguirlos, entenderlos. La gente, desesperada como yo, se empujaba por verlas, arriba del escalón era mejor pero muy dificultoso, los remolinos humanos alrededor de cada columna, y son dos las de la entrada, se movían como nubes apelmazadas y temblonas.

Alguien me jaló de la manga, era una mujer y me dijo llorosa:

Señorita, podría decirme si está el nombre de Fulano de Tal? Es mi hijo, y yo, no sé leer.-

Hasta el susto se me quitó, me entró una rabia espantosa, y yo ¿de qué me quejo? Pasé toda la mañana en la búsqueda de varios, sin hallar ni rastro de Salvador. Había una mescolanza extraña de temor, rabia, apoyo, todavía me acuerdo, y me duele el estómago. Ya llevábamos un montón de horas de incertidumbre, días muy angustiosos, de congoja continua, el miedo no daba tregua; amargarles el viaje a los papás, me parecía una necedad, ¿y si algo le ocurre a Salvador?

Al llegar a la casa el mundo se trastocaba. Irma no hacía, casi, más que llorar, Gabriela preocupada daba vueltas, Celia, con sus diez años, sentadita en las escaleras, sin entender ni pío, olía el peligro y miraba el sainete. Xavier y Alonso, escuincles de porra, utilizaban de pista el pasillo y rompieron con la patineta un cristal muy grueso. Había que ir al súper, ver que hubiera despensa para que Celestina preparara la comida. Me parece que únicamente, gracias a ella, sobrevivimos esa temporada. La tía Pina a rece y rece, les decía:

¡Ay chaparritos, pórtense bien! –

Al día siguiente, tercer día de dudas, discusiones, horribles sospechas, acogotados del susto; a media mañana, me llamó mi querida prima Coca, abogada, y maestra de vocación. Tenía un amigo psiquiatra, José Antonio Talayero, que además de dar clases de literatura, era investigador en la Procu ; ella le dio los datos de Salvador para que lo buscara. Ahora sé, que el doctor Talayero, se dedicó a recorrer crujías hasta encontrarlo, supo qué a ese grupo, lo querían meter a la crujía J de los homosexuales; finalmente, acabaron hacinados, todos muy firmes, porque no había ni para dónde hacerse, en la crujía H donde los hospedaron. Medía, de acuerdo al siniestro modelo carcelario, 2.5 por 3.5 metros.

Cuando el doctor Talayero, hubo terminado su exhaustiva tarea en el pandemónium del Panóptico, le pudo avisar a Coca, que Salvador estaba en Lecumberri. ¡La noticia nos quitó de encima la piedra del Pípila!  Estaba vivito y coleando, ¡qué suerte! Y ahora, ¿cómo sacarlo de allí? ¿de qué estaba acusado? ¿a quién acudir? Andábamos con el Jesús en la boca, entre la pregunta y la pesquisa, desorientados, sin saber ni entender, cuando Salvador se apersonó en la casa. ¡Santa Virgen de los Apachurrados! ¿Es él?

Sucio, desgreñado, maloliente, los culatazos en la espalda lo hacían caminar chueco. Tenía la cara, las muñecas y los tobillos horriblemente hinchados, abotargados. Su humor estaba a tono con su apariencia, se le revolvían el dolor, la rabia, la indefensión, el miedo. Gritaba: ¡¡¡CARAJOS!!! a diestra y siniestra, dándonos miedo a todos los demás, apabullados, llorosos, destanteados, ¡aterrorizados!

El tío Prieto, llegó con su cariño y su maletín a tratar de calmar el gallinero alborotado.  A Salvador le hacía falta un buen baño, comida, porque el menú de tan tenebroso restaurante, incluía bromuro de potasio entre sus especialidades, para mantenerlos serenos. Asimilar la experiencia implicaba un arduo camino para todos nosotros.

Tras el terror de verse acorralados en Ciudad Universitaria, los treparon en un camión del ejército a culatazo limpio; los anduvieron mareando con las vueltas de la ciega, sin saber ni por dónde, durante horas y horas; iba entre ellos la hija del embajador francés y su novio. En un momento dado, un violento enfrenón, un estrepitoso abrir de puertas, gritos, otra vez empellones, insultos, culatazos, afuera del camión, una oscuridad de boca de lobo:

Hasta aquí llegaron, cabrones, bájense!

No era descabellado pensar que los matarían. Cuenta Salvador, que tal vez era por el rumbo del aeropuerto, una zona despoblada. No cuenta lo terrible que debe haber sido vivir ese desamparo, sentir el temor que te afloja las corvas, la ira contenida que te recorre el cuerpo, y no poder más que rechinar los dientes, ante la amenaza de una prepotencia enloquecida de poder, y también de miedo, porque tal vez en algún recoveco, a algunos políticos y militares les remordería la conciencia. Una vez concluida la escena, prosiguió la macabra representación. Ya clareaba, los treparon en otro vehículo que los llevó casi directito al Palacio Negro.

Aquel puente, que en aquellos años era un tramo de la avenida Insurgentes, que aún hoy, atraviesa la Ciudad Universitaria, fue considerado un punto clave. Los tanques rodearon C.U. y la desmesura de la autoridad gubernamental, apoyada en la violencia de las bayonetas, cargadas por otros jóvenes que obedecían ordenes superiores, los tomó presos, en un despliegue inusitado de omnipotencia, hacia un grupo de personas que estaban de paso, de mirones, o también de metiches.

Esos jóvenes rebeldes, atrabancados, comunistas¡jijos de su mal dormir! son una amenaza a la paz social, justificaba su proceder la autoridad. Y los de uniforme militar, algunos igual o más jóvenes, estaban a las órdenes de dirigentes, enloquecidos por mantener una calma ficticia, sostenida con sonrisas falsas y mano de hierro, que les dio permiso de matar sin piedad a grupos de jóvenes, con tal de mantener su poder y ambición. Tanto más, cuando México sería visto por todo el mundo, a través de la televisión, haciendo gala de su hospitalidad, y enarbolando la Paloma de la Paz.

Entrar a Lecumberri, convertido en el Archivo General de la Nación, impone, la mala vibra aún me provoca cierto resquemor. Como cárcel, había cobrado la peor fama en sus 68 años de funcionamiento ininterrumpido, significaba entrar al infierno de la crueldad, la represión. El recibimiento de los presos fue con lujo de violencia. Sepa la bola, en qué artes los registraron, pues las listas que ponían afuera, parecían una sopa de letras, sin orden ni concierto. El chiste fue que una vez instalados, la estancia implicaba estar firmes, o como el gallito de la pasión, ratitos en un pie, ratitos en el otro, porque no había libertad de movimiento, en aquella lata de sardinas con rejas. 

Perdieron la noción de las horas, amontonados en la mínima celda, mientras percibían, con harto y auténtico terror, la peligrosa amenaza del entorno acomodarse en las entrañas. No sabían lo que ocurriría en el momento siguiente, estaban a merced de la insania. En un de repente llamaron a algunos, se les fruncía el ombligo, en una de esas era para peor. En un dos por tres, los sacaron al rayo del sol, a plena calle, rífenselas como puedan. Y así, quién sabe cómo, llegó mi hermano Salvador a casa, hecho una piltrafa, y ese miedo que traía, engrandeció el que ya teníamos.

A los pocos días, en un autobús de la Greyhound, donde la Mamá Tita viajaba regularmente, Salvador fue empaquetado rumbo al Nacimiento, allá, la abuela se encargaría de regañarlo entre arrumacos, ponerlo a rezar Rosarios y jaculatorias a granel, para que Su Padre Dios lo perdonara, en lo que regresaban los papás, que seguían sin enterarse del asunto. Las clases estaban suspendidas, intentaban llamar la atención sobre los atletas y las Olimpiadas, pero el malestar, bullía al parejo del temor. Se sucedían las manifestaciones, el Rector Barros Sierra participó en una por la Avenida de los Insurgentes. La del Silencio, me contaron que fue muy impactante, sin escuchar ruido alguno, aparte de los pasos firmes y acompasados sobre el pavimento, ¡fue sobrecogedor!

No sé ni cuándo, fui a ver a la Mamá de Carlos Vallejo, para agradecerle tantas cosas, vivían en el Edificio Chihuahua, que a los pocos días fue mudo testigo de una matanza sin precedentes. La guerra es la guerra, deriva de la ambición, de la codicia, de personajes ávidos de dominio, los bandos se preparan y hay una declaración, pero aquí, en Tlatelolco, ni en la peor de las pesadillas, nos hubiéramos figurado, jamás ni nunca, la terrible tragedia de Nuestro querido México, al tener esos esbirros desquiciados por gobernantes. EL DOS DE OCTUBRE DEL 68, NO SE OLVIDA, quizás esa aflictiva memoria, ayude a sanar los empachos del poder.

 

María Teresa Bermúdez

Octubre de 2025