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Relatos

ARRIEROS, RECUAS, CAMINOS…

By 19 noviembre, 2025noviembre 21st, 2025No Comments

Calle de Uruapan, Michoacán.
Grabado de Erasto Cortes.

Algunos gustan de andar, ser valedores, respetados, cabales, tener honor en los caminos, pero más que nada llevarla bien con quienes comparten su oficio, conocer las rutas al dedillo, reconocer las señales, favorecer a quien puedan, ver lejos, mirar horizontes distintos, curiosear por donde quiera, mirando para aprender. ¿Será que se aburren estando quietos? ¿Será que se alegran conociendo cosas? ¿Será que disfrutan cuenteando lo que han hecho y visto?

Se asoma el amanecer al arreciar un frío que entume los huesos, es un buen despertador, no queda más remedio que moverse. La oscuridad del cielo, desdeñada por la tenue luz de la mañana se pierde entre las estrellas; mientras el solecito aparece, se le va quitando lo tieso al cuerpo. Los hombres, a bostezos y estiradas, se despiden de ensoñaciones, pesadillas, buen o mal dormir, pelean con la modorra; desperezados a su aire, cada cual ordena su sarape y pertenencias en la silla de su caballo, buscan tener a buen seguro el merecido descanso al final del día; sentencia el dicho:

Buen arriero o mal arriero, la cama tiende primero.

¿Será por lo ajetreado de las jornadas? O tal vez, ese espacio representa un hueco de su hogar, un rinconcito donde se les figura sentirse arropados, a buen resguardo; en este trajín, no todo es cabalgar al aire puro, ni cantar o chiflar, se presentan seguido inconvenientes: tormentas enlodando los caminos, emboscadas de los bandoleros en cualquier lugar boscoso, o garganta pedregosa, o de repente la aparición de un puma, de una culebra agazapada, que asuste hasta hacer respingar al cuaco o a las mulas y causar serios problemas. Sin contar el sol que aguijonea, los fríos con sus sabañones, el chubasco que traspasa los huesos.  No escasean sustos, el buen sueño los repone de fatigosos sobresaltos y cansancio, el arriero es precavido.

La lumbrada bajo el comal despide aromas, Fermín machaca las yerbas calculando el mejor sabor, conoce el buen despertar que dan los olores, esos que te transportan a momentos entrañables; calientitas las gordas de requesón y piloncillo, alinea los jarros. Un agasajo ese sustento madrugador, repone fuerzas, da ánimos, cada uno de los arrieros reluce sus dimes y diretes, porque a barriga llena corazón contento, y el camino los aguarda.

Las mulas saborean su pastura y las caricias del cepillado, luego se dejan cargar los bultos, bien afianzados con reatas, puestas con curia para no lastimarlas. La caponera, ansiosa de mover los remos, tintinea su campanita directora, bien sabe la mula que es ella la mera mera petatera, la que abre la marcha, y todas la siguen; oronda, orgullosa hasta de su nombre: Doña Clemencia, la Madrina, se espanta los tábanos con su frondosa cola, poniendo ejemplo del gusto por la vida en la andadura.

A las mulas se les ha hecho muy pérfida fama, cuando la verdad, son de extraordinaria resistencia; hay quien dice que heredaron tanto la inteligencia como la mansedumbre de las yeguas, sus parientas cercanas; de los burros, otros también involucrados en su ascendencia, les viene lo recias, como que reverdecen tras cada jornada, y frescachonas siguen al pasito, sin amilanarse; les dicen tercas y en verdad son tenaces, no hay obstáculo que no traten de frente, se adaptan a lo que les va tocando en cada viaje, si llueve, llovió, si arrecia la tormenta siguen a remojo y lodazal aguantando el diluvio, si el sol a todo vuelo acalora y casi desbarata, ellas bien comidas, atendidas, mantienen su paso firme; en tiempos de fríos despiadados, ni los dientes castañetean. Viven tranquilas y agradecidas con los cuidados y mimos del arriero.

Eran 5 leguas, más o menos lo que serían hoy: 30 kilómetros, el tramo que recorrían diariamente los arrieros con sus mulas. Durante los primeros años, se utilizó en la Nueva España, el trazado de los caminos existentes, eran senderos y veredas angostas, rectas, escalonadas en sierras y montañas. Los utilizaban los Pochtecas, dedicados al comercio, los correos llamados Painani, lo mismo que recaudadores y quienes transportaban los tributos. El llevar carga era entonces sobre las espaldas, ya fuera de los tamemes, que recibían una paga por su desempeño, o de los topiles que eran esclavos. Los productos tenían cada cual su propio empaque, había los petlacalli, tejidos de cañas muy resistentes, guacales de vara o madera muy delgada; los carrizos de bambú, servían para que no se maltrataran las hermosas y delicadas plumas, recolectadas cuidadosamente, respetando a cada especie de las más bellas aves, en su propio hábitat, y utilizadas en el arte plumario.

En aquellos años, los caminos se trazaban en línea recta, construidos por los habitantes de los pueblos, o los prisioneros de guerra; para guía, en cada región había mapas minuciosamente elaborados en papel de amate, telas de algodón, o en pieles, que señalaban con claridad y exactitud, las distintas rutas comerciales; así como los parajes por recorrer, lo que en ellos se producía, y en dónde encontrar sitios para descanso.

Esta red mesoamericana, que se recorría en caravanas, abarcaba hasta Guatemala, otra llegaba a Xicalango y de allí hasta la Península de Yucatán y Honduras, una más, atravesaba el Istmo de Tehuantepec y proseguía hasta Chiapas, mientras que el camino de Soconusco, con su famoso cacao, comunicaba Oaxaca y Guatemala. En la vasta región habitada por los mayas, además de las veredas que utilizaban los cargadores y los caminantes, había calzadas pavimentadas o Sacbés, que constituía una extensa red de comunicación entre las principales ciudades.

Cada sacbé, que medía varios metros de ancho, se construía sobre piedra labrada, la superficie, en cambio, era de cantos rodados. que se amalgamaban con piedras más pequeñas, recubiertas de estuco; estaban a 50 o 60 centímetros sobre el terreno, así que el agua además de permearse, corría hacia los lados, evitando encharcamientos; cuando era necesario, como en las zonas pantanosas, la construcción era más elevada. Los tonos claros del material utilizado, permitían transitarlos de noche, en especial cuando había luna. Conocían a fondo su tierra, su espacio, el clima y sus cambios; de acuerdo a estos conocimientos, edificaban y unían sus poblaciones, observando con respeto la naturaleza, sin destruirla. ¿Por qué hoy en día se utiliza el pavimento, cuando los antiguos pobladores habían descubierto soluciones más adecuadas?

Tras la conquista, hubo muchos cambios significativos; se ensancharon los caminos, para facilitar el paso y transporte del ganado mayor, desconocido hasta entonces en estas tierras; llegaron también las carretas con ruedas jaladas por bueyes, los caballos y toda su parentela, entre ellos las mulas con sus respectivos arrieros, dedicados a transportar desde mensajes hasta oro y plata a cualquier rincón. Fue entonces cuando se construyeron los caminos de herradura, nombre derivado de la pieza de hierro que colocan en las pezuñas, y sirve a la caballería y al ganado mayor, para que se les maltraten menos los cascos y puedan transitar más fácilmente.

Trazar y construir semejantes rutas, fue una complicada empresa, pues en ocasiones invadían tierras de diferentes pueblos, incluso, profanaban zonas sagradas, como los cementerios de los Chichimecas, que intentaron a toda costa evitarles el paso; algunos de estos parajes, con el tiempo se volvieron madrigueras de bandidos. Ante los intermitentes choques, decidieron trazar los caminos, siguiendo el contorno de las faldas de cerros y serranías.

Pedro Muñoz de Sayas fue responsable del primerito que hubo, tenía sistema de drenado para evitar encharcamientos, y se abrió en 1550. El paisaje fue cambiando; el Virrey de Almanza, que había gobernado el Perú, y pasó más tarde a la Nueva España, en 1572 dio la orden de sembrar Pirules en los caminos, para que los viajeros tuvieran mejor sombra, y de Pirul: Pirulero, y la diversión Juan Pirulero donde …cada quien atiende a su juego… Los pirules, modificaron el paisaje, tuvieron fama de causar mala sombra.

Al pasar los años, se encargó la Custodia de los caminos a los Capitanes de Guerra, luego, hubo Torres de Presidio, y Ventas, o Casas Fuerte, que hospedaban hasta 300 gentes; aparte había corrales para las cabalgaduras y las carretas, inicialmente fueron construcciones rústicas y servían también para la defensa. Cuentan que, en algunos de estos caminos, la mano de obra fue Purépecha, y es sabido que convocaban con música a los trabajadores.

Y fue entonces, cuando en México tuvo auge la arriería; la palabra deriva de arre, manera de invitar a la cabalgadura a moverse, de donde también deriva la palabra arriero, es decir, la persona que transporta mercancías de un sitio a otro, utilizando caballos, burros, mulas. Nos referiremos a los que desempeñaban su oficio utilizando mulas, oficio que se originó en España, donde la influencia árabe les llamó alhamel.

Las opiniones se dividen, algunos piensan que el arriero es violento, malhablado, mientras otros dicen que el burrero, es pacífico y servicial. Quizás de ahí, el dicho para los retobones:

¿Quién manda? ¿los burros o el arriero?

Así que, en atención al oficio, el arriero debe ser aguerrido, rudo, para viajar en esos términos, pero a la vez, muy honesto, pues se le confiaban cargas de muchísimo valor que debían proteger y en ocasiones defender, con su vida, de bandoleros y grupos revoltosos. El camino más importante conectaba la Ciudad de México con Santa Fe de Nuevo México, en el Alto Norte, donde se sabe que hubo mujeres propietarias de recuas para el transporte.

Era un oficio muy serio, honorable y respetado. El Mayordomo tenía la autoridad, era el responsable de la recua o recuas que transportaran, y podía ser el dueño de las mulas. Respondía por las mercancías: telas, porcelana, cristal, piezas de arte, instrumentos musicales, oro, plata, cacao, tzicli, vainilla, plátanos, nueces, o lo que fuera, además de las noticias interesantes, y los rumores de cualquier índole que iba coleccionando por los caminos; él, arreglaba los trámites administrativos necesarios en cada ciudad, pueblo o garita, como se llamaban las entradas o puertas de una ciudad.

Le seguía el Hatajador, que deriva probablemente de la palabra hatajo o grupo de ganado, estaba encargado de vigilar que no se desbalagaran las mulas, que fueran en fila, muy ordenaditas. El Sabanero, se preocupaba de que estuvieran bien alimentadas en los pastizales y sabanas que les correspondían, y por último el Aviador, que se ocupaba del avío, es decir del cargamento; así como en el antiguo juego infantil, se decía:

¡ahí va un avío, avío, cargado de…

el aviador del hatajo, se ocupaba de la carga y descarga de las mulitas, desempeño que también tenía su arte y dificultad.

Han de enterarse, que cada mula estaba perfectamente equipada. Sobre su lomo llevaba el sudadero, luego dos o tres cobertores ligeritos. Encima le ponían el aparejo, un colchón grueso de buen tamaño, relleno de paja, así se distribuía el peso de la carga y los bultos iban seguros a pesar del ajetreo, tenían la certeza de que la mercancía llegara intacta a su destino.

Los arrieros y sus recuas, se la vivían recorriendo lugares distantes, distintos, tenían una red de informantes, amigos y conocidos, perfectamente bien organizada, eran muy solidarios; si encontraban algún difunto en el camino, con todo respeto, le daban cristiana sepultura. Los arrieros tuvieron fama de mal hablados, por las palabrotas y maldiciones que soltaban al batallar con las mulas, en caso de trances dificultosos; lo mismo, dicen que eran habladores, rayando en lo cuenteros, pues la exageración y la fantasía se les aguzaba en sus recorridos, y claro, platicarlo con sal y pimienta, dando especial importancia a su persona, tiene sus bemoles. Al fin y al cabo, algo heredarían del célebre viajero Marco Polo, admirable por sus relatos.

Fermín, nomás llegó a la edad competente, buscó destino. De arriero, decía él, resollaba en libertad, miraba el cielo clarito, para todos lados, y podía ver cuanto hay, roncar al arrullo de las chicharras, conocer gente, ranchos, pueblos, no había lejos ni cerca, con el sol o las estrellas por bonete, se hallaba a su gusto. Con espacio y mucha astucia, Fermín halló arrimo para ilustrarse en el oficio. A las mulitas, les buscaba el modo de apaciguarlas rascándoles el pescuezo, aprendió a tenerles querencia, conocer sus gustos lo mismo que sus disgustos y empachos. Hacía cuanto le ordenaban los entendidos, pelando bien ojos y orejas, para después de once horas de darle a la obediencia, sentarse calladito, a escuchar las conversas de los arrieros viejos, y los de mayor pericia en el ramo, oyendo en torno a la lumbrada, se dormía soñando con la merita Ciudad de México, de tanta vanagloria, o con ver la mar, que no se le ve el fin, y dicen que nunca se aquieta.

Muy poco a poquito se compró cotón de jerga, abrigador y resistente, consiguió sombrero de buen tejido, ala ancha y su forro de hule, la manga o capote de monte, también de hule, que se quitaba y ponía a según la necesidad. Con tantito más de paciencia, juntando moneda sobre moneda, obtuvo las piezas de cuero que resistían el trajín diario, le costaron un potosí, …gasta como rico y ahorrarás como pobre… le decía su abuela doña Glafira, son buenas para que duren.

Fermín conocía el refrán: …venado que se espera se convierte en calzonera… Consiguió antes que nada ese pantalón o calzonera, que se abría de arriba abajo, cerrándolo a voluntad con ojales y botonadura, aunque no fueran de plata; la pechera para proteger las costillas y el espinazo, un ancho ceñidor, también conocido como faja charra, para guardar las monedas y fajar el pantalón de gamuza, abierto a media pierna, porque encima llevaba las rodilleras de cuero, bien amarradas para atajar golpes. Completó el atuendo, mercando unos zapatones de vaqueta, esa piel de res, que bien curtida y adobada, es tan suave y resistente.

En ese entonces, algunos oficios tenían un traje específico, para desempeñarlo con seguridad y holgura, era para ellos un orgullo portarlo; los otros sabían a qué se dedicaba el individuo. Los arrieros, llegaron a México a la par que las mulas, y aunque personajes y bestias disfrutaron de regular o mala fama, desde el siglo XVI hasta pasada la centuria decimonónica, fueron los que vincularon las distintas y muy dispersas regiones del territorio mexicano, trasladaban no sólo mercancías, que abastecían de lo necesario a los variados sitios geográficos de sus fantásticos recorridos, sino que también transmitían noticias, con imaginación y sabrosas pláticas, a los lugares a dónde llegaban, con cartas, mensajes, recados; intercambiaban conocimientos, daban a conocer aspectos y productos de pueblos o ciudades por las que habían transitado, la creatividad de otras poblaciones desconocidas, y quizás sin saberlo, hasta semillas o plántulas pegadas a sus zapatones y sus ropas, germinaban en sitios distintos. Con la aparición del ferrocarril comenzaron las prisas; pero hasta los vagones de carga, llevaron los arrieros las mercancías de regiones apartadas. México, muy despacito comenzaba a descubrirse, conocerse, a darse cuenta de quién y cómo es.

 

María Teresa Bermúdez

Otoño del 2025

 

“Los mexicanos pintados por sí mismos”
Reproducción facsimilar. Manuel Porrúa, México, 1974.