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Relatos

UNA VECINDAD APRETADA DE REPELONES

By 20 enero, 20264 Comments

García Cubas, Antonio.
“El libro de mis recuerdos”. Ed. Porrúa,
México, 1986.

José Tomás de Cuéllar, durante el Siglo XIX se dedicó a escribir novelas costumbristas, retrató de cuerpo entero, a nuestros compatriotas de aquellos tiempos. México y los mexicanos empezaban a conocerse, a la par que descubrían, con asombro, su terruño, su Matria. José Tomás, adolescente, un joven de 17 años, al enterarse que los Estados Unidos invadían nuestro país, ingresó al Colegio Militar para defender a su Patria. Cuando el ejército Yanki tomó el Castillo de Chapultepec, el 13 de septiembre de 1847, lo vivió junto a los otros oficiales y cadetes. Con un centenar de compañeros, quedó preso en la Biblioteca de su Heroico Colegio. México, como Nación, vivía sus primeras experiencias.

En el 1821, después de la Guerra de Independencia, la Nueva España se volvió México; devastado tras once años de violencia, sin dinero, sin el respaldo de España y poseedor de abundantes riquezas, fue punto de atracción para países poderosos. Los recién bautizados mexicanos no tenían experiencia en cuestiones de política, pues a lo largo de tres siglos, todo lo resolvía la corona española, sus habitantes mucho tenían por aprender; ya no eran súbditos, de un día para otro eran ciudadanos y la mayoría, de esas minucias, ni siquiera se habían enterado.

La mentalidad, la costumbre, es algo que difícilmente se modifica. Prevalecía una profunda brecha entre los diversos pueblos originarios, lo mismo entre los mestizos, los criollos, los españoles, y hasta los que poco a poco llegaron de África, Asia, o dónde fuera, tanto por sus maneras de pensar, de vivir, como por su cultura, sus haberes, y también por su color, pues la población mexicana, es una población variopinta. Unos cuantos, que tampoco estaban totalmente de acuerdo entre ellos, debían organizar este territorio; tenían libertad para decidir, pero no sabían a ciencia cierta, cual era la manera más adecuada para gobernarse, carecían de experiencia, de instituciones, y el flamante país estaba en franca bancarrota, sin un quinto, abierto de par en par a las ambiciones del exterior y sin manera de defenderse.

Las tierras más al Norte del Continente, algunas, aún bajo dominio español fueron colonizadas por familias completas, de las que llegaron hasta con muebles y animales domésticos, pues venían huyendo de las sangrientas guerras de religión que asolaban Europa; se aposentaron en regiones habitadas por grupos nómadas, de culturas distintas. Los recién llegados decidieron exterminarlos, y desde el Atlántico hasta el Pacífico, se adueñaron de esos inmensos espacios, de ahí tal vez, su pensamiento de …voy derecho y no me quito… Lo pésimo fue, que cuando lograron dominar hasta el Pacífico, sus ambiciones territoriales se volcaron hacia el norte y hacia el sur, es decir: Alaska y México.

Joel R. Poinsset, hombre muy rico, pero de precaria salud, había viajado por medio mundo codeándose con financieros y nobles; hasta el Zar Alejandro I, y los reyes de Prusia lo recibieron. En 1811, como agente y cónsul general del presidente Madison, estuvo en Chile, rapidito lo expulsaron por intervenir en asuntos internos. El presidente Monroe, el de: América para los americanos, lo mandó a México, en noviembre de 1822. Poinsset habló con Agustín de Iturbide pidiéndole la sesión de varios territorios, querían: Texas, Nuevo México, las Californias y ya desde entonces, …paso franco por el Istmo de Tehuantepec… cuestiones que fueron rechazadas de inmediato. Más tarde, Quincy Adams, nombró a Poinsset ministro plenipotenciario, en junio de 1825. A don Lucas Alamán, le manifestó Poinsset, su enojo por las atribuciones del ministro inglés Henry G. Ward. Alamán, de manera tajante, desoyó sus quejas, y firmemente se opuso a que los Estados Unidos intervinieran en Cuba. En agosto del 1829, Poinsett volvió a gestionar. sin éxito, la compra de Texas por cinco millones de dólares, además de otros atropellos, así que el presidente Vicente Guerrero pidió lo suspendieran, y salió expulsado de México en enero de 1830, no sin antes llevarse a casa unas hermosas Nochebuenas que nombró Poinssettia pulcherrima; algo tenía que arrebatar para tener fama.

Nuestro México es un territorio muy extenso, cada región con características muy específicas, igual que los habitantes. Las etnias, cuyos tiempos y espacios son disímbolos, a veces muy aislados, ajenos; los dirigentes políticos se aliaban a los grupos de mayor poder adquisitivo, con poderosos intereses personales, y esos intereses creados provocaban conflictos domésticos y vacío de poder. El ejército intervenía sin lealtad a sus principios, olvidaba su desempeño, carecía de liquidez y pedía préstamos donde podía. La Iglesia Católica, el clero, única institución económicamente poderosa, era leal al Papa y manejaba estupendamente bien sus negocios terrenales.

Intento encontrar una explicación coherente a este desbarajuste. Las naciones del viejo continente, necesitaron aproximadamente diez siglos para consolidarse. ¿Porqué los mexicanos nos sentimos defraudados, cuando en veinticinco cortos años, no se dio en México la unión que esperaban entonces?

Los Yankis de ideología protestante, vinculada al bienestar terrenal, al progreso, con suficiente dinero y poderío bélico, preparaban la ofensiva. Su discurso político, daba lineamientos a las tropas para obtener mayor utilidad de aquel México, tan profundamente dividido, que vivía en una alarmante miseria. Crearon un mito para engrandecer su desempeño, borrando la activa y valerosa oposición de muchos. Varias invasiones del exterior, las presiones, las exigencias de algunos países prepotentes, complicaban las circunstancias, al no reconocer a México como Nación Independiente.

El Barón Alejandro de Humboldt, geólogo y naturalista, a principios del Siglo XIX, recorrió Venezuela, Colombia, Ecuador; desde el puerto de Guayaquil, él y su compañero Aimé Bonpland, prosiguieron su amplia expedición científica y desembarcaron en Acapulco el año de 1803. En nuestro país, dedicados a conocer e investigar, obtuvieron información muy detallada de los documentos y censos virreinales, o del Real Tribunal de Minería, sobre distintos aspectos y zonas, por ejemplo: el Golfo de México, sus características, profundidad y multitud de otros datos fundamentales, que años más tarde, resultaron muy útiles para los Yankis, cuando invadieron México. Se comentaba, que todos los barcos estadounidenses, llevaban el libro de Humboldt como guía.

Volvamos a México y sus vicisitudes. En la década de 1840, las autoridades activaban los trámites, para que el Colegio Militar se estableciera en el Castillo de Chapultepec, que ya llevaba meses en obra. Al mudarse, entre otras muchas irregularidades, no había ni dormitorios, pero los alumnos presentaron exámenes públicos en 1842. Buscaban educar, organizar, reglamentar, sin embargo, la hacienda pública tenía las arcas verdaderamente vacías.

Los requisitos para ingreso del alumno eran: mínimo 14 y máximo 19 años:

Buenas costumbres, salud robusta y sepan leer, escribir, las cuatro primeras reglas de aritmética, y que tengan las nociones de religión y gramática castellana precisas a la primera educación…

El director y los empleados serían responsables de conservar la hermosura del Bosque, cuidar los ahuehuetes o sabinos, reponer los faltantes, utilizar y enriquecer el Jardín Botánico, aparte de mantener las calzadas en buen estado.

En vista de la inminente guerra, reglamentaron el funcionamiento del Cuerpo Médico Militar. Planeaban establecer hospitales en la Ciudad de México, Veracruz, Tampico, Matamoros, Chihuahua, San Luis Potosí y la Alta California. Ocho de cada cien soldados se encargarían de camillas, botiquines, curaciones:

con el mismo cuidado y celo a vencedores y vencidos, sean nacionales o extranjeros…

No obstante, quedó sólo en Reglamento, la falta de liquidez y la premura fueron los impedimentos, y no pasó de ser un intento humanitario. Tradujeron y extractaron obras de autores extranjeros, publicaron Lecciones de Artillería para los jóvenes alumnos, muchos recién ingresados, sin conocimiento alguno de disciplina, armamento o milicia.

Tras la Batalla de San Jacinto en 1836, Texas se volvió República. En 1838, un reclamo francés ocasionó la Guerra de los Pasteles. En 1839, México pagó indemnización a Francia, y Francia reconoció a Texas como estado independiente. En 1845, Texas ya era parte de la Unión Americana, y se declara de manera oficial la guerra con México. Mientras tanto, en Irlanda una terrible hambruna, dio origen a que muchísima gente buscara refugio en los Estados Unidos.

John Fremont, en 1846, enarboló la bandera del oso y declaró república a la Alta California. El 7 de julio del mismo año, la población mexicana se enteró de que estaba en guerra con los Yankis, los vecinos del norte. El gobierno suspendió el pago de la deuda pública, y se expidieron Bandos, pidiendo a los habitantes que hicieran sacrificios y un vigoroso esfuerzo para defender a su país:

de la agresión más injusta que han visto los últimos siglos…

Los estadounidenses invadieron México desde varios frentes, avanzando desde el norte, lo mismo que por el Golfo, entraron en Tampico y bloquearon también Veracruz. Manuel Escandón vendió 168 cañones; para la defensa, solo pasaron 104. Santa Anna pudo cruzar el bloqueo y encargó la presidencia a Valentín Gómez Farías.

México era República Federal, así que algunos de los gobernadores estatales, decidieron no enviar ninguna ayuda. Resultaba imposible, improvisar un ejército de la noche a la mañana, sin dinero, no tenían ni para alimentar a la tropa. No obstante, con el Ejército del Norte, bajo las órdenes de Santa Anna, los norteamericanos sufrieron una rotunda derrota en La Angostura, el 22 y 23 de febrero del 1847. Santa Anna y sus oficiales, ante la superioridad del enemigo y la llegada de nuevas tropas, decidieron la retirada. Se llevaron tres piezas de artillería y tres banderas. Fue inmenso el quebranto, la desolación y rabia entre las tropas mexicanas, que para defenderse tenían casi nada más que valor, uñas y dientes, sin faltar la mariguana, quizás algo de peyote, para aguantar el hambre y las inmensas caminatas:

La cucaracha, la cucaracha,

ya no quiere caminar

porque le falta, porque le falta,

mariguana que fumar.

Veracruz y Puebla fueron ocupados, aunque las guerrillas no cesaban de hostilizar al enemigo. La Iglesia, es decir una parte del clero, contrariado por la ocupación de sus bienes, se unió a los invasores y organizaron la rebelión de los Polkos, en honor al presidente Polk. En sus fiestas, muy gustosos, se bailaba con el enemigo, la polka de punta y talón.

Ya cerca de la capital, a pesar del esfuerzo de los ingenieros militares para la defensa, el 19 de agosto, por los pedregales de la Serranía del Ajusco, los Yankis tomaron las Lomas de Padierna, el Rancho de Anzaldo y llegaron hasta San Jerónimo, por donde asomó Santa Anna, que en vez de ayudar se regresó a San Ángel. Después de una noche de lluvia y frío intenso, las tropas del general Valencia, sin elementos para la defensa, se retiraron. Los prisioneros fueron cruelmente azotados.

La defensa del Puente y el Convento de Churubusco fue implacable, pero el carro de parque, enviado por Santa Anna no era del calibre de las armas, así que los generales Anaya y Rincón defendieron el sitio a bayoneta calada hasta que sólo quedó el silencio. En la madrugada del día 20, la noticia llegó a Tacubaya. Sus habitantes contemplaron la avanzada: algunos poblanos, disidentes, vestidos de charro caracoleaban sus caballos. Punto y seguido llegó la cantidad de heridos, transportados en tapextles de varas, camillas o en caballos malheridos, auxiliados por las soldaderas que sollozaban sin consuelo. Los Yankis ocuparon el Palacio del Arzobispado, la Hacienda de la Condesa y las mejores casas.

Hubo un Armisticio, en esa fecha, los norteamericanos pidieron quedarse con: Texas, Nuevo México, las Californias, parte de Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, y todavía de pilón, insistían en tener libre tránsito por el Istmo de Tehuantepec, que ya desde hacía tiempo, estaba en la mira, tanto de los Estados Unidos, como de otros países de ambición desmedida. Semejante desfachatez la declinó con firmeza la Comisión Mexicana, al presentar un Contraproyecto elaborado por los licenciados José Bernardo Couto y Miguel Atristain, que mucho molestó al invasor.

Otro acontecimiento enojó aún más a los generales del ejército Yanki: el gobierno mexicano, permitió entrar a más de cien carros a la Ciudad de México, para proveerse de víveres. Antonio García Cubas, testigo presencial, con quince años recién cumplidos, lo relata posteriormente en su obra: El Libro de mis Recuerdos:

El pueblo se amotinó y armado de guijarros tomó una actitud resuelta, y esto era llover piedras sobre carros, mulas y carreteros, y aún sobre los lanceros mexicanos que acudieron a contenerlos. Maltrechos animales y conductores regresaron con los carros vacíos al campo enemigo, aquellos bien sacudidos y éstos con no pocos desperfectos.

El 6 de septiembre, el invasor enfurecido, declaró roto el armisticio al enterarse que seguían fortificando la capital. Otro motivo, fue tal vez que el gasto de la guerra tenía preocupado a Polk y no estaba muy de acuerdo con Trist y Scott. El ruidoso trajín de los preparativos puso en ascuas a la población, hasta que el día 8 supieron que el ataque sería por Molino del Rey. Por esos días fueron ejecutados los irlandeses del Batallón de San Patricio, que se habían unido a la defensa de México; algunos murieron ahorcados, a otros les propinaron 50 azotes por considerarlos traidores.

En la capital, las bandas de los cuerpos militares recorrían las calles tocando generala, con objeto de que las tropas alistaran sus armas, animados por la campana mayor de Catedral, que tocaba ¡a rebato! Montón de gente andaba por las calles, gritando ¡vivas! a México y ¡mueras! a los Yankis.

Nadie sabía por dónde atacarían la Ciudad de México. Arriba del Parque Lira se encontraba el viejo acueducto y atrás, digamos de esos arcos, estaba el Molino del Rey, la Casamata, y campos sembrados de magueyes. Esas dos batallas fueron dramáticas; los Yankis perdieron 9 oficiales, 49 quedaron heridos y 729 soldados entre heridos, dispersos y difuntos. Murieron el general León, y los coroneles Gregorio Gelati y Lucas Balderas.

El último reducto para la defensa de la capital eran hermoso el Bosque y el Castillo de Chapultepec. Ese 12 de septiembre por el terrible bombardeo que duró 14 horas, el castillo, que no era ninguna fortaleza, empezó a desmoronarse. El 13 desde muy temprano, se escuchaban hasta la Ciudad de México, el fuego y la metralla de modo más intenso que el día anterior los disparos continuos de la artillería, los fusiles y el redoblar de los tambores.

Quedaban en el Castillo, el director Mariano Monterde, que intentaba reparar los daños de la metralla, el general Nicolás Bravo, con 200 hombres, algunos oficiales y los jóvenes cadetes, que prefirieron quedarse para hacer frente al invasor. Santa Anna envió al coronel Santiago Xicoténcatl al frente del Batallón de San Blas; sólo pudieron ocupar la ladera del cerro, que defendieron hasta morir.

Dejo la palabra a José Tomás de Cuéllar, cadete recién ingresado al Colegio Militar, que estuvo en la defensa, y describió sus dramáticas vivencias bélicas, en una composición conmemorativa al año siguiente:

Entre esos niños tuve la fortuna de contarme; entre ellos y el fragor del combate y entre el humo de la pólvora aprendí a amar a mi patria; a mi lado cayeron heridos por las balas americanas Escutia, Melgar y Suárez, Barrera y Montes de Oca; apoyado a mi cuerpo hirieron al sargento alumno Romero; yo vi espirar al valiente y esclarecido Cano, pasado el dorso de parte a parte, yo vi recoger el dorso de Pérez Castro, dividido en dos por una bala de cañón… Caímos prisioneros no sin haber despedazado nuestros pequeños fusiles contra las rocas, antes de entregarlos al enemigo; y ciento setenta individuos confundidos con heridos, miembros humanos y cadáveres fuimos encerrados en la Sala de la Biblioteca del Colegio, destrozada por las balas de cañón y por la soldadesca americana. Al ver enarbolado en nuestro palacio el pabellón de las estrellas, las lágrimas brotaron a nuestros ojos … Pero habíamos cumplido con nuestro deber…

A la tarde del mismo 13 de septiembre, las Calzadas de Chapultepec y la Verónica, vieron pasar a la artillería enemiga, tomaron lo que llamaban entonces, las puertas de la ciudad, que eran la Garita de Belém y la Garita de San Cosme, además de La Ciudadela. Santa Anna se retiró con su ejército a la Villa de Guadalupe. El general Yanki, encargado de levantar el campo, decidió que en el bosque de Chapultepec había muchas zanjas, zanjas para el riego, y sin ningún respeto, las utilizaron como fosas.

El Ayuntamiento de la Ciudad de México, la madrugada del 14 de septiembre, presentó una enérgica y altiva protesta al General Scott en Tacubaya; no obstante, a las nueve de la mañana, el mismo Winfield Scott dictaba órdenes desde Palacio Nacional; cuando de pronto oyó disparos, se percató, qué no hacía falta un ejército, pues el pueblo mexicano como podía, desde azoteas, rincones y calles estrechas, los hostigaba sin cuartel. Ordenó Scott, ocupar las torres de las iglesias y las casas, con sus mejores tiradores, emplazar piezas de artillería con granadas y metralla en puntos clave, hecho que animó aún más a la población para defenderse; quienes tenían sacaron fusiles y mosquetes, aunque muchos otros con un discreto verduguillo, despachaban sobre todo a los temidos voluntarios.

El Colegio de Minería, ocupado por una división de los Yankis, fue hostilizado con ahínco desde la iglesia y el hospital de San Andrés; si salían del edificio, les caían pedradas, macetas o lo que la gente tenía a mano para defensa de su ciudad y su libertad. Apareció en esos días el Padre Jarauta, un franciscano español, guerrillero en brioso caballo, que exaltó el valor por un rato. Scott, ordenó destruir las casas de donde salieran disparos. Por algún motivo, su disposición no fue obedecida ni cumplida.

El Ayuntamiento, fijó proclamas en las esquinas, pidiendo que se tranquilizaran los ánimos, para llegar a un acuerdo. El pueblo, los léperos, las prostitutas, propiciaban encuentros ocasionales con los soldados y voluntarios; durante los bailes, en las borracheras, entre los mitoteros surgían continuas pendencias, escandalosas trifulcas en las pulquerías, en los tendajones, puestos de enchiladeras y calles apartadas, que acababan casi siempre con los adversarios ensartados en verduguillos, navajas, puñales, machetes, o lo que tuvieran para defenderse.

A ellas, los Yankis las llamaron Margaritas. En el famoso Hotel de la Bella Unión, que contaba con salones de juego, salones para bailar y la entrada a la cantina costaba dos pesos, los integrantes del ejército invasor encontraron un sitio de regocijo. Allí, las Margaritas en vez de rebozo y enagua, lucían vestidos escotados, plumas, collares y cuanto encontraban en los empeños, para sacar provecho y poner su granito de arena contra los intrusos.

Miseria, injusta prepotencia, cualquier cantidad de dificultades y conflictos, difícilmente arrugan el humor del pueblo mexicano, para muestra queda la canción, La Pasadita, con su alegre: Tan-darín-da-rán, que disimula al referirse, lo mismo el horror de ver su tierra mancillada, como la muerte del enemigo invasor:

Sólo las mujeres tienen corazón

para hacer alianza con esa nación

y ellas dicen: vamos, pero no es verdad,

y a la pasadita tan-darín-da-rán.

Se reían de los Yankis, porque condimentaban sus comidas con ruibarbo, y se corría la voz de que las frutas: mamey, melón o cualquier otra delicia, las sazonaban con mostaza, así, dejaron el recuerdo de que su comida era sabor tlapalería. La Bella Unión, adquirió muy mala fama y cerró más tarde.

Santa Anna renunció a la presidencia, y el abogado Manuel de la Peña y Peña, presidente de la Suprema Corte, quedó al frente del Ejecutivo; firmó en la Villa de Guadalupe, el Tratado de Paz y Amistad entre México y los Estados Unidos, que incrementaron su extensión territorial, pagando quince millones de pesos, para anexarse: Texas, Nuevo México y la Alta California.

En septiembre de 1848, un año más tarde, el Cabo de Alumnos del Colegio Militar, José Tomás de Cuéllar, escribió una carta pidiendo su licencia absoluta, de la cual extracto algunos párrafos:

…mi objeto no pudo ser satisfecho a causa de que estos mismos han dañado mi sistema nervioso, y en consecuencia pierdo enfermo el tiempo que debía aprovechar escrupulosamente, creo que ninguna utilidad podrá resultar a la Nación… por lo que he resuelto, contando con el debido consentimiento del Señor mi Padre, abandonar lo que hasta ahora me ha perjudicado y dedicarme a otra cosa.

Su trágica experiencia al defender el Castillo de Chapultepec, su Colegio, al que había entrado expresamente para repeler a los invasores, fue el escenario donde tuvo que enfrentar a los voluntarios del ejército enemigo, vio herir, matar, llorar de dolor, desangrarse, agonizar a sus compañeros, sin poder auxiliarlos ni cuando morían. Para José Tomás de Cuéllar, para muchos otros, seguramente para cualquier persona, debe ser una experiencia pavorosa. Tras el espantoso agotamiento del combate, el dolor de contemplarse derrotados y sus esfuerzos inútiles ante la barbarie, la brutalidad del invasor mercenario, los prisioneros sobrevivientes pasaron varios días de locura e insoportable encierro en la que había sido una valiosa Biblioteca, a pesar de que el general Monterde, también prisionero ordenó se les prepararan alimentos.

Además del malogro, sucios, adoloridos, temerosos, con inmensa tristeza, vivieron sintiendo en torno suyo, muerte y despojos; respiraban el humo, el calor de los incendios que los sofocaban, y mucho peor, sentían el olor a pólvora, a carne abrasada, ya en descomposición, de cuerpos que no les eran desconocidos, habían sido sus superiores o sus compañeros. Escuchaban la queja, el lamento de los heridos sin poder auxiliarlos, por lo menos con algo de agua, fue sin duda una tortura insostenible.

José Tomás de Cuéllar, se dio cuenta de que ni la milicia, ni la guerra, eran su vocación, y tampoco eran el remedio a los problemas de su Patria. Por desgracia, no se aprende en cabeza ajena. El olvido, la desmemoria, el tiempo que cura heridas, el borrón de la insensatez y la ambición, hacen desaparecer, disimulan por conveniencia, y hasta llegan a convertir en burla el sufrimiento pasado o presente, ajeno o cercano. que destruye y arrasa vidas, además del único e insustituible mundo en que vivimos.

Empecé a escribir este texto hace aproximadamente dos meses, porque encontré entre mis viejos archivos, los testimonios de José Tomás de Cuéllar, durante la triste jornada de una de las tantas guerras, que los Estados Unidos a lo largo de siglos han peleado, sin ganar nunca la paz. Atacaron México en un momento en que el país vivía, digamos, una adolescencia precoz, hace 180 años. Han pasado casi dos siglos, y no quitan el dedo del renglón.

En aquel entonces, llegaron a comentar que no les convenía el desorden, la mezcolanza, ni someter a un país tan problemático. Como dijo la zorra del cuento: estaban verdes, ni las quería. Hoy su prepotencia desbocada, al desatarse los perversos planes de algunos políticos, nos demuestra que su ambición es ilimitada, no tiene caducidad. Lo más triste, es la inmensa cantidad de pequeños marcados de por vida por el horror de las guerras, y que no son los únicos bajo amenaza. Por desgracia, los Estados Unidos, cuentan con el respaldo del dinero, para mantener vigente su aniquiladora carrera de locura supremacista.

María Teresa Bermúdez

Enero 2026

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