
Mujer llenita de júbilo, sonrisas, fantasía, cantaba, tarareaba alegre sus días, quizás parte de sus noches; tenía en el alma el gusto por la vida. La suya personal, no fue de bombo y platillo, aunque los platos fueron parte interesante de su existir. Lupe tenía pelo alborotado, melena leonada y chinilla, ojitos pintureros; muy graciosa ella, con nariz respingada, boquita que relumbraba cuando se abría, pues a la Lupe le encantaba el brillo, y con los primeros centavitos que ganó, un dentista de la Escandón le recubrió los dos de enfrente de oro puro, para lograr unas ráfagas más intensas.
Chaparrita, dicharachera, dónde quiera tenía comal y metate, jolgorio, bien relajienta la Lupe, aunque no le cuadrara con su origen, su nacimiento, cosa que a ella le importaba un remolido comino. Creció, no mucho, tampoco tan poquito, medianilla de estatura sobrepasaba el metro y medio. Casi casi por un pelito, y nace en el pasto del camellón que pertenecía a la Avenida Juanacatlán, esa ancha y larga. Lo bueno es que la patrona de Carmela su mamá, la llevó rapidito en su coche al hospital de unas monjas, donde la atendieron de volada y Lupe nació entre rezos y locutorios.
A su llegada a la Capital de México, Lupe ya tenía un buen de hermanos y hermanas, pero de esos que son nomás medios, es decir sólo de madre, los padres eran de a tiro por chamaco. Carmela su mamá, recién parida tuvo que soplarse un sermón de aquellos, porque la Madre Carmen, su tía monja que oraba por todos, cansada de rezos inútiles, pidió al médico que ligara a su coscolina parienta, para evitar más niños en la Casa de Expósitos que la Madre Carmen dirigía. Lupe nació un día ocho, como los ocho lados del bautisterio, los ocho radios de la rueda budista, los ocho pétalos de la flor de loto, que representa la pureza, aunque brote del fango.,
Lupe tuvo buen planeta, titilaba al sonreír moviendo sus manitas, graciosa, cómo Carmela su mamá. La Madre Carmen se encariñó con la chiquilla y la cuidó como oro en paño. Lupe y su montón de hermanos vivían a buen resguardo, asistían puntuales a la escuela, Carmela su mamá, perdidos los temores y sin cortapisa, se dedicó a lo suyo, pagando religiosamente, la educación de sus numerosos chilpayates, a quienes visitaba cada domingo, para ir juntos a misa y a desayunar con la Madre Carmen.
Salió muy listilla la Lupe, su mero mole era el bailongo y todito el santo día meneaba el bote. La Madre Carmen, procuró conseguirle ocupación adecuada a su meneo, pero sin que corriera peligro alguno. Muy cerca de la casa, en la pintoresca Tacubaya, una escuela de cadetes con internado y medio internado, le ofreció la solución, momentánea, más adecuada para la niña de sus ojos. Doña Concha, la cocinera del internado, grandotona, de chongo empericado, fachada de regaño y corazón de algodón, por órdenes del mero administrador del plantel, tenía la encomienda de guardar cuanta comida sobraba limpia, para el comedor de los vecinillos. Doña Concha le contó a la Madre Carmen, su comadrita del alma, la urgencia de conseguir quien lavara los platos diariamente, con buen sueldo, atención médica, vacaciones y demás, aparte de que doña Concha, dijo, estaría muy al pendiente de la chica, que en tres pasitos llegaría a su trabajo, justo cuando había cumplido los 17 y terminado la secundaria a trompicones.
Dicho y hecho fue una. Doña Concha recibió la orden de llevar a Lupe al Portal de Cartagena; le compró dos pares de botas de hule color blanco, dos delantares con mangas, también de hule blanco, grueso y resistente, una red para recoger el pelo y un gorrito blanco, blanquísimo, para acompletar el uniforme de trabajo, además de guantes de hule delgaditos que le regalaba el Doctor Prieto, médico del plantel, para evitarle erisipela o cualquier malestar a la Lupe. Más que un ángel de blancura, Lupe parecía astronauta de gringolandia, refundida en aquellos hules inmaculados.
Don Conrado consiguió una tarima altita, para que ella alcanzara a su tamaño el borde del fregadero, también le puso unas repisas más bajas, y mangueritas en las llaves del agua fría y caliente, para enjuagar bien los trastes, sin gastarla en exceso. Doña Josefina y don Conrado, vivían en lo que habían sido las cocheras de la antigua casa, unos cuartos de techos muy altísimos, pegaditos al armero, donde corría la voz que aparecían espantos y apariciones por las noches; allí se guardaban las armas de utilería, para que los alumnos practicaran y cumplieran el Servicio militar. Conrado, güero de rancho, colorado y enteco, fue soldado villista, y custodiaba a pie firme el depósito. Doña Jóse, fumaba cigarritos negros, negros cómo su lunar en el cachete, que contrastaba con sus verdes ojos. Un malogro en campaña, le había dejado una pierna más cortita. No faltó quien la apodara: la Siempreviva, porque jamás estiraría la pata.
La aparición de Lupe con su blanquísimo atuendo, desató una ola de admiración entre todos los que trabajaban en la cocina y el comedor. Hubo chiflidos, aplausos y Lupe empezó su chamba con el pie derecho, dominando el panorama desde lo alto de su tarima, que se le figuraba escenario. Sentíase la más feliz, lavando los blancos platos al ritmo que ella elegía, moviendo rítmicamente manos y caderas. Una vez enjuagados, los colocaba en unas armazones de madera donde se oreaban, formando alteros de distintos tamaños. Tenía trapos largos, albeando de limpios, para secar las piezas, y como toque final los extendía sobre los alteros, completando un templete del que se sentía muy ufana, pues los compañeros le echaban porras, a la Lupe de los dientes dorados, cuando terminaba su trabajo.
Lupe era dichosa en aquel sitio, le gustaba ver el montón de cadetes haciendo sus prácticas, en el inmenso bosque que fuera parte de la casa. Se enteró que había sido propiedad de los señores Escandón, los que tuvieron que ver con los ferrocarriles, por eso tenía ese como castillo, decían que de estilo francés; en la parte alta acomodaron los dormitorios, los baños, la ropería. Abajo las despensas, la cocina, los comedores y al frente las oficinas, grandísimo aquello, aunque lo mero bonito era el salón principal, con esas escaleras tan hermosas, con esos sus barandales garigoleados, chimeneas en las paredes con espejos dorados rete chulos, y ese pianazo de cola, tan tieso y fufurufo, color negro, muy calladito cuando no había celebración.
Terminado el trasterío tempranero, Lupe caminaba por el bosque oyendo a los pajaritos, correteando lagartijas, hacía música bailando con las hojas secas amontonadas en el lago, ahora seco y triste, hasta llegar a la casa de piedra de la entrada. Esa era la residencia de don Palemón, portero de la Academia y chofer del camión dos, del servicio escolar. Don Palemón vivía con su mujer doña Petra, de corazón querendón. Tenían nomás una hija de nombre Cristina, que aprendía Comercio, y le gustaba bordar servilletas para las tortillas. Doña Petra era muy apapachadora, más buena que las pepitorias, presumía Palemón. A media mañana que ya había alzado su casa-portería, se acomodaba en la sombrita a echar tortillas en su comal al aire libre. Los aromas inundaban el bosque, las calles, pues el nixtamal de primera, se paseaba antojando, les daba un sabor único; su especialidad, en cuanto a tortillas, era echarle tantita sal, levantarla fresquita del comal, enrrollaba el taco formando hocico y orejas de burrito, para halagar a cuanta visita llegaba a cualquier hora, como Lupe.
Pasaditas las doce, la astronauta, apapachada, con repuesta energía, empezaba a desengrasar las ollas y peroles. Comía con apetito, oyendo los dimes y diretes, opinando en la mesa con los demás compañeros; masticaban prójimo con sabrosos guisados, el broche de oro eran las balas, los frijoles de la olla de doña Concha, empujaditos con tortilla, ayudando en algo l´agüita fresca del día, para rematar con algún postrecillo dulzón. Con barriga llena y sabrosura de chisme caliente, Lupe lavaba los alteros de vajilla y cubiertos en un dos por tres, riéndose con ritmo para sus adentros. Porque, así como que no quiere la cosa, muy de lado, con discreción, astucia, harto disimulo, ya le había echado el ojito pinturero a uno de los muchachos, y muy silencita planeaba su estrategia, como soldadera en campaña.
La tarde se iba de volada guardando los restos, la Lupe con doña Concha cargaban el itacate para la merienda del Hospicio, que disponían de volada. La Madre Carmen, vigilaba que la chiquillería escandalosa comiera como Dios manda. Después, hasta las 8 podían jugar; lavarse, y meterse a la cama, acto veloz; la pipiolera caía como costales de harina, y dejaba descansar un rato, a las ánimas del purgatorio.
Don Conrado, era para Lupe el personaje favorito. Le encantaba sentarse a escuchar sus relatos acerca de los fantasmas, visitantes de las cocheras, relatos amenizados con los aspavientos y comentarios de doña Jóse que también los conocía; lo malo es que salían nomás cuando se les pegaba la gana, al anochecer, cuando Lupe ya no estaba. Era tan emocionante el cuento, que ella acababa disfrutándolo en su imaginación igualito que si lo estuviera mirando. Después se los contaba con pelos, señales, y peores cosas a los escuincles ya en la cama, que repetían a mil por hora los rezos contra las apariciones, el coco y hasta el hombre del costal. Algunas noches no faltaba el chillón, soñando tremendas pesadillas.
Lupe aprendió pronto que trabajaba en un lugar con estrictas jerarquías, o sea, las cosas funcionaban como en escalera, y había que cumplir. Andaba por los escalones de arriba un tal Abundio, se restiraba el cabello con vaselina, llegó allí a trabajar desde chiquillo. Mucho le costó acostumbrarse, vivir lejos de su familia que se quedó en Tancanhuitz. A los veinte cumpliditos era formal, entendía de música y tocaba su jaranita en los ratos libres; era jefe de los laboratorios, él tenía todo listo cuando los ocupaban, era muy cuidadoso y puntual; se acomedía en el armero sacándoles lustre a los tambores y cornetas bajo el ojo de Conrado, pues le gustaba ir aprendiendo otros instrumentos.
Más se apuntaba, desde que Lupe entró a la cocina, tan chula ella, con esos meneos al lavar los trastes; nomás verla le daba harto regocijo y buscaba acercarse, sin que se notara mucho, por aquello del vacilón y las burlas de la concurrencia. No hallaba cómo hacerle para poder verla aparte, hasta que de pasadita se animó a preguntarle de volada, si quería ir a bailar al Floresta. A la tarde, disimulando los dos, Lupe se hizo remolona en la puerta del Hospicio. Platicaron rete alegres, Abundio como jitomate reventón y Lupe echando relucientes sonrisas, irían a la tardeada del sábado si la tía Carmen le daba permiso a la niña. Cita de por medio, la monja, calculando las intenciones del par, los autorizó hasta las 8, sin demoras.
La semana se les hizo eterna, Abundio ayunaba de nerviolera y Lupe hacía caracoles en el plato para dejarlo sin gota de nada, sufría de apetitos exagerados. Lidia y Yolanda sus hermanas mayores le prestaron las mejores galas, una falda circular con crinolina para las vueltas, una blusa con encajitos muy elegantiosa, un chalecito para el frío a la salida; cada tarde como gato espinado, Lupe recorría pasillos, para amansar los zapatos de Yola. El mero sábado, le prestaron tantitito bilé, rimmel, loción; le pusieron su medalla de bautizo y con titipuchal de bendiciones encima, cruzó el umbral donde Abundio la esperaba muy emocionado, sosteniendo un ramo de nomeolvides, y las rodillas sonándole como maracas.
Parecían flotar ese par de tantísimo regocijo. Tartamudeaban, trastabillaban, ni idea tenían a dónde iban, hasta que un panadero balanceando su enorme canasto redondo, repletito de ricuras, les chifló y sonó el timbre de su bici para que bajaran de su nube, del susto brotaron risas que rompieron la tiesedad, de pasadita Abundio le disparó a Lupe un cono de helado de limón, y siguieron caminando tan campantes hasta llegar al Prado Floresta, un jardín de casa curra, transformado en espacio de mambo, rumba, pasodoble, o lo que estuviera de moda. Distraídos por el ambiente, Abundio halló sitio cerca de las trompetas, sus meros cuates, que al ver a Lupe se esmeraron en conjunto para que el flechazo les durara.
Los primeros acordes desataron el nudo de temor que ambos solapaban y se lucieron a cuál más, tanto, que les hicieron rueda; siguió el jelengue con las piezas de moda. A los primeros acordes de trompetas que anunciaban La Boa, esa Rumba con aquello de …mi corazón es para ti… Lupe y Abundio sellaron su encuentro bailando con estilacho, disfrute, un sabrosísimo meneo y un ambientazo, que acabaron todos con la lengua de corbata, contentísimos; ese contento que ya andaba flotando en el salón alcanzó su mejor tono.
Abundio, muy orondo, rojo a más no poder, presentó a Lupe; a coro les chulearon los bonitos pasos que habían sacado, habían hecho estallar a la concurrencia que hasta les sonreía. Al volver a su mesa, señoras, asistentes asiduas de los sábados con sus parejas, de esas que en los ratos libres se tejían sus vestidos de crochet, para lucir figura, parecían amigas de Lupe de toda la vida; platicaban de recetas, remedios, puntadas para tejer y pasos novedosos para ensayar con su pareja.
Regresaron puntualitos de la tardeada, los dos con tales caras de alegría, que Abundio fue invitado para compartir la merienda. La Madre Carmen quería verlo de cerca, oír sus ideas, mirar cómo se comportaba en la mesa. El príncipe superó las peores pruebas, más cuando le contó que el párroco de Tancanhuits era hermano de su mamá, con eso colocó Abundio el punto sobre la i, que le dejó entrar de redondón en la numerosa familia del Hospicio.
Al compás de la música Lupe y Abundio encontraron su ritmo personal, único, que les hacía vibrar y entenderse hasta sin palabras; se sintieron gozosos, muy felices, disfrutando un descubrimiento que los llevaría a compartir manojos de años, yendo juntos por la vida y también a donde se moviera el bote, sin distinción, ya fuera cha-cha-chá, twist, danzón, o rock… LO CANTADO Y LO BAILADO, NI QUIEN NOS LO QUITE.
María Teresa Bermúdez
Verano del 2026