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Relatos

DE MAREADOS A MARIDOS… DE MELINDRES A MADRES

By 21 junio, 2026No Comments

Glantz, Margo. El día de tu boda. VI Memoria y Olvido: Imágenes de México. Cultura/SEP. Mexico, 1982. P.57.

El marido es un hombre que está casado con una esposa. Para obtener ese título, el hombre y su respectiva mujer tuvieron que pasar, casi siempre, infinidad de pruebas, escollos, tropezones de variada índole.

Lo primerito es encontrar a la pareja correspondiente, la que provoca mareos, desvanecimientos, la de sus sueños, desvelos y demás epítetos. La atracción, el enamoramiento, las mariposas dando tumbos en la panza, la nerviolera de dar el primer paso, este merequetengue corresponde a la primera fase, o sea, el encuentro de los dos susodichos sujetos: él y ella. Si ambos dos se corresponden, ya van por buen camino.

Aparecen entonces los padres, hermanos, familiares, amigos y metiches; la situación se pone peliaguda, si la pareja les cae en las purititas muelas, a los de la familia contrincante. ¡El peor rayo los parte! Se presentan en un dos por tres los disimulos, las mentiras, tal vez los enconos y la furia de alguien, y desemboca mal el asunto, como en aquel trágico amorío de Julieta y Romero.

De no ser así, y los dos derrochan melcocha, azucarillos, garapiñados, y todititos están felices con linaje y mescolanza, si los hermanos no se atufan, ni resulta otro pariente enamorado, ni se presenta el incesto, ni la mamá está en desacuerdo con emparentar a los prietitos del arroz, ni en aceptar el código postal rascuache, o el anillo de compromiso furris; y si el ínclito y connotado papá de la criatura, no pone ningún reparo a las faldas o los pantalones del futuro cónyuge, el contento fluye cual arroyuelo cantarín.

Semejante acontecimiento, pletórico de romanticismo se convierte en formal noviazgo, empieza con temblores, pero si llega a terremoto, surgirán otro tipo de espabilos que no corresponden a nuestro tema. Aquí nos decantamos, únicamente, por lo que pueden ser meses o años de estira y afloje, pleitillos y contentamientos, salidas, entradas, regaños, paseos, fajes, fiestas y regocijos, que desembocan en despedidas de variada índole.

La fase que sigue es fundamental, punto clave, central. La más peor de dificultosa, dificultosa y muy controvertida, le llaman Boda, que implica aluvión de atascos; debe ser por las dos leyes, que les toca conseguir un juez y un cura, que deben contar exactito la porción de gorrones invitados, que calculen bien la mesa de los regalos, a ver si conviene tanto embrollo y le sacan ganancia al circo. Cada quien opina distinto sobre pajecitos, madrinas y padrinos, el vestido de novia, no se ponen de acuerdo que clase de tacuche llevara el novio, el de charro ni le queda, ni a cuaco llega, así que consiguen carruaje como pueden.

Ya se casó, ya se amoló…

Ya nadie se acordó de las palabras de Sor Juana, bueno, hombres necios seguirá habiendo, pero las mujeres también cargamos un paquetito de necedad. Y la pareja, empieza a sumar años en ese sacratísimo estado bendecido por mil y un lados, y que se denomina matrimonio.

Contaban endenantes, que el tan mentado matrimonio tiene tres etapas: la de los tórtolos, amartelados, charamuscas de amor, mazacotes enmielados; es en ocasiones, la más cortitita y volátil, que le da paso a la etapa del perro y el gato, a veces hay ratón encerrado, dicen que hay parejas muy pérfidas, ya sean damas o caballeros, es decir que alguno, agorzoma muy más peor al otro, lo friega de un hilo, lo trata muy mal, llega a lo violento. Hay quien soporta esos tratos, hay quien no. Si son de los meros aguantadores, ya por ultimito, para cerrar, darle final y acabijo a esa porción de años, llega la tercera etapa, es decir la etapa del burro, esa, en la que cada cual jala por su lado, dizque sin importarle la suerte del otro. ¿Será?

La verdad es mucho brinco, estando el piso tan parejito; la vida de dos podría ser muy agradable, dichosa, disfrutable, armoniosa: “El respeto al derecho ajeno es la paz” dijo sabiamente don Benito Juárez, y el dicho, rifa para cualquier situación, sea matrimoniada o no, se refiere a las relaciones entre las personas, que aseguran amar al prójimo.

Nomás que, en el caso de las parejas, el respeto, aclaremos a fondo, no debe ser un derivado del temor, sino del amor, hace falta que haya miramiento, afecto, claro, no exento de discordancias o desasosiegos pasajeros, que el cariño, el humor, la paciencia, diluyen en un dos por tres. De lo contrario, sería siempre todo rico, y el marido que ya dejó de ser mareado, y la esposa que ya pasó partos, puerperios, y pañales, acabarían en la total aburrición y monotonía.

Pero aquí, muy despacito, pasados los años, llegamos a la frontera de cuando los retoños, los amadísimos hijos, ya grandecillos, se van de la casa. Tras tantísimo batallar de primaveras a inviernos, con escuelas, catarritos, retortijones, dolores de muelas, supiritacos, ¡vuelta la mula al trigo! Se vuelve a recomenzar con adolescencias, enamoramientos, arrumacos, y demás angustias mencionadas, porque sin percatarnos, pasó el titipuchal de años, ya casi le dimos la vuelta completa al calendario azteca, al gregoriano, y va de nuez la película. ¡Ay mamá, eso era en tu retrógrado siglo pasado! ¡Mira papá, la inteligencia artificial razona mejor!

Con suerte, nos llega la cereza del pastel, y nos sentimos los muy, muy, al volvernos abuelos, cuando volvemos a repasar nuestra infancia, jugamos y gozamos de lo lindo, con los amorosos nietos, que pa´lante irán cumpliendo las etapas del mencionado ciclo, y nuestros ex retoños tendrán plumas verdes, noches de insomnio, y otros padecimientos inesperados, que contemplamos con hartísima ternura. Porque da la casualidad, de que nosotros no hemos cerrado nuestro ciclo, aquí andamos vivitos y tonteando, porque así va la hebra, igual pero diferente, o sea, no es como calcado ni retratado, porque cada cual le agrega sus matices y bemoles, pero aquí seguimos como en volantín de feria.

Ya para estas alturas del partido, si la pareja, heroica, prosigue en pareja, se mantienen juntos, considero que ha sido por un chingo de perseverancia, entereza, paciencia, e inmensa porción, de amor del mero bueno; porque ninguno sufrió pruebas desmedidas, de las que no se disimulan, y así, pian pianito, hemos llegado a la etapa en que medio trastabillamos al caminar, nos atarantan más fácil que años atrás, vamos lentos, ¿y porqué negarlo? tantito más lentejos que antes; padecemos achaques pasajeros de refunfuño, de no me acuerdo, ni te hagas, ni me dijiste, nos olvidamos de todo, menos, de tomarle la mano al otro antes de dormir.

Cuanto trajín, qué de machucones, trastadas, reborujos, hemos dado, a lo largo y ancho, o más bien dicho, en la redondez de canica que tiene esta vidorra, esta buena vida que todavía nos dura, y sepa la bola hasta cuándo. Jamás de los nuncas, me hubiera imaginado cumplir la ochentena, haber visto y vivido tantas bonituras, también tristuras, pero como se van en escaloncito, otras bajan de resbaladilla, otras luego se esfuman en el olvido, aquí seguimos, a cómo te toca, o se va pudiendo, capoteamos con mucho placer los días que nos quedan. Y nomás por andar de ociosa, vaga, holgazaneando, me puse a desenmarañar estas ideas locas, que se me ocurren de vez en cuando, a estas alturas del partido.

María Teresa Bermúdez

Primavera de cambios del 2026.