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Relatos

DEL DICHO AL HECHO … HAY UN GRAN TRECHO

By 24 mayo, 2026No Comments

Desde que mujeres y hombres habitan este mundo, tuvieron un montón de qué hacer, les tocaron o adjudicaron diversas tareas, indispensables para sobrevivir. Me cuesta imaginar esos tiempos, debe haber sido un aprendizaje de mucho apuro, harto sufrimiento para lucubrar: quien soy yo, aparte de: qué es todo esto que me rodea; a ratos es amenaza, lo mismo puede dar gusto que temor. Una memoria prodigiosa, les ayudaría a ir almacenando tantísimos conocimientos que les permitieran mantenerse con vida. Enfrentar la muerte es otro cantar, pero venía incluido en ese inventarse como personas.

Las mujeres dan a luz, con susto y asombro, muy poquito a poquito, su intuición les habrá enseñado qué hacer, cuando descubrieron que la panza les crecía; se percataron, despacito, de dónde derivaba aquel balumbo, cómo soportar el intenso dolor del parto, atender al recién nacido, enfrentar las consecuencias inimaginables y los inmensos retos que de ahí derivan: es decir mantenerlo vivo, aprender a amamantarlo a pesar del sufrimiento, crecerlo fuerte, reconocer las dolencias propias, tras los arduos meses de gestación y el trabajo de dar a luz, además de intuir o adivinar, lo que siente, lo que le ocurre a la indefensa criatura, atinar el modo de atenderle; mantenerse sanas ellas, la criatura y el resto del núcleo familiar. El ser humano es, sin duda, un portento, cuyo legado nos ha permitido llegar a este ajetreado Siglo XXI.

Conforme crecen, las niñas adquieren conocimientos de las mujeres, a los niños, los hombres les enseñan otras destrezas de la vida. En el atrabancado acontecer de tantos evos, algunos registrados por la Historia, se cuenta que en el lejano Paleolítico, las mujeres se encargaron de la organización, trabajaban con los hombres sin mayores conflictos, utilizaron los metales para diseñar artefactos de uso cotidiano, florecieron las artes, y los períodos de paz fueron largos y productivos.

Cuando nuestro continente estuvo habitado por diversos grupos humanos, desde Alaska hasta la Patagonia, cada uno tenía sus rituales y maneras de recibir a las criaturas, consideradas lo más valioso. En Mesoamérica, las embarazadas recibían enseñanzas sobre el proceso que vivían, invocaban a las diosas de la generación y la salud en el parto, había extremo cuidado, limpieza y ceremonia al recibir a los chiquitos. En el Altiplano, entre los pueblos de origen Náhuatl:

piedrecita de jade, copo de algodón, plumita galana-

eran algunas de las palabras rituales, cargadas de amor y respeto, que escuchaban los recién nacidos al salir del seno materno; eran tratados con especial delicadeza, rodeados de solicitud y esmero.

En nuestro guerreador Siglo XXI, las cosas algo han cambiado. Las mamás, ahora, dedican a su oficio o profesión por lo menos medio tiempo, si amamantan a su bebé, ocupan el rato en conversaciones, en el envío de mensajes por su celular; igual en pueblos rabones que en ciudades cosmopolitas. Todo es sumamente importante, ellas son muy empoderadas, quieren realizarse y además de ser madres, ocuparse de competir, ganar billete, y otras mil y una cosas muy trascendentes.

Desde el momento de la concepción, el feto percibe cuanto pasa en su entorno, lo siente, se nutre de todo ello, reconoce el tacto, las voces; el período de gestación es fundamental, los primeros días, meses y años son igualmente decisivos en su desarrollo. Hoy, los chiquitos nacen programados para que no causen molestias, ni al ginecólogo ni a los padres; ya casi no escuchan los arrorrós y canciones de cuna, pocos disfrutan del calor y las caricias de la madre o del padre, ya inventaron hasta unos brazos suaves que los envuelven, y un motor que genera movimientos tranquilizantes.

Los bebitos en nuestro acelerado mundo no aprenden de la voz de sus padres la ternura, ni de sus manos la suavidad de las caricias, ni de su cercanía el maravilloso apapacho, que alivia al sentir abandono o desolación en el alma; algunos críos son verdaderamente zangoloteados, como si eso fuera demostrar cariño. Esos chiquitines, no perciben ninguna muestra de tacto o afecto en esos momentos clave de sus vidas. ¿Cómo pueden dar, más tarde, lo que nunca recibieron?

Esos inicios, no están peleados con ningún oficio, ni desempeño, es cuestión de conciencia, la vida marca las pautas, y cada cosa a su tiempo, en su lugar. También es cuestión de responsabilidad de dos, responsabilidad compartida; así como la mujer da a luz, el hombre engendra, y ambos dos a la par parejos, tienen obligaciones para con el bebé, hasta que crezca y lo hayan enseñado a valerse por sí mismo.

Del dicho al hecho hay un gran trecho, es una gran verdad, pues la crianza es un compromiso de pareja, muy arduo, tremendamente dificultoso, que cuesta lágrimas y desvelos, dolor, cansancio infinito, pero por costumbre o conveniencia, mejor no se mencionan. Pintan la etapa cual cuento de hadas, todo rico, lindo, bonito. Tampoco se toma en cuenta a la cantidad de pequeños, niñas y niños violados, maltratados, vendidos por su propia familia o allegados, esos chiquitines que justo al nacer enfrentan diversos tipos de violencia familiar, de barrio, de país, o de sangrientas guerras, donde muchos involucrados perciben ganancias tan inimaginables, como el dolor y abandono que a los chiquitos estigmatiza de por vida.

Hay tantos casos como seres humanos, y muy distintos. Muchas madres, que pasarán a las filas de lo que hoy llaman madres independientes, y son mayoría, viven la maternidad, con dolor, apuros y precariedades, sin el apoyo de la otra mitad que le corresponde compartir el compromiso. Tener en cuenta, el amor, el tiempo, paciencia y amor que es indispensable dedicarle a un bebé, la seria y difícil responsabilidad que significa un hijo, haría quizás a muchas parejas, mujeres y hombres, recapacitar.

María Teresa Bermúdez

Mayo 2026